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Nací, o mejor, me nacieron, como diría Clarín, en Puente Genil (Córdoba), pueblo a caballo entre Sevilla y Córdoba, no sé si más conocido por su carne de membrillo (carnemembrillo en terminología pontana) o por su Semana Santa, tan sonora y deslumbrante. “Era ‒me decía mi madre‒ un 27 de octubre de 1957, de no grato recuerdo por las dificultades del parto”. Así que vine al mundo de aquella manera.

En Antequera (Málaga) cursé mis estudios de Bachillerato, en el I.E.M. “Pedro Espinosa”, en el que aprendí gran parte de mis conocimientos de ahora. Y en Granada, en la Facultad de Filosofía y Letras, me licencié en Filología Clásica en 1980 y me doctoré en 1984, bajo la batuta del Dr. Andrés Pociña Pérez. Desde entonces hasta hoy he ejercido de profesor de Filología Latina, en el Departamento del mismo nombre de esta querida Universidad de Granada, a la que tanto debo y a la que con tanto gusto me he dedicado, y me dedico.

dialnetSin menoscabo de la labor docente ‒para mí el objetivo principal de nuestra profesión, verdadera vocación y motivo de satisfacción en mi caso‒, he centrado mi investigación, con incursiones transitorias en otros campos, en la edición y estudio de la comedia latina, desde Plauto a Romañá, pasando por la comedia elegíaca medieval y el teatro escolar de los jesuitas hispanos.

Por último, soy de los que les gusta caminar (en expresión condensada en la forma y en el contenido), conversar con mi familia, ver con mi mujer parajes y paisajes desconocidos, escuchar buena música (de ayer y de hoy), leer un libro instructivo o un bello poema y, de vez en cuando, sentarme en una butaca a disfrutar de la gran pantalla. Todo ello en la consideración de que estamos aquí de paso, que el mundo nos pertenece a todos, a los que fueron, los que somos y los que serán, y que de nuestra siembra de hoy dependerá la cosecha del mañana.